La Razón Revista Escape(16/02/2003)
Redacción • Fotos: Manuel Benavente

CORRIDA DE TOROS sin furia ni sangre

En la inauguración de la plaza de toros de Copacabana, los toros se paseaban junto a los turistas, quienes los acariciaban. Los enfrentaron unos toreros pasados de peso que no tenían con qué matar.

Redacción • Fotos: Manuel Benavente

La fiesta taurina, en la celebración de la Virgen de la Candelaria en el pueblo de Copacabana, podría ser del agrado del más recalcitrante protector de los animales, porque si hay alguien que no sufre daño alguno en esta corrida es, sin duda, el toro. 

Tarde del 3 de febrero. Tras la premiación de los ganadores de la entrada folclórica del día anterior, el pueblo se vuelca a colgar sus enjalmes sobre los balcones de la Alcaldía. Estos regalos se preparan para premiar a los más audaces toreros y a los mejores criadores.

Los enjalmes son frazadas que llevan bordado en papel el nombre de las asociaciones a las que representan: sectores del mercado, comerciantes, empresas de transporte y algunas de las calles más representativas. De las frazadas cuelgan globos, lentejuelas, kantutas, billetes e incluso cebollas y zanahorias.

Luego de unos minutos de exposición, los más de 20 enjalmes parten de la Alcaldía en procesión y encabezados por una banda. Avanzan cuatro cuadras y llegan a la plaza de toros, donde la gente ya se ha congregado en el ritual anual que revive las tradiciones coloniales. Pero en vez de encomendarse a la Virgen de la Macarena, lo hacen con la patrona local, la Candelaria.

Es un círculo de 30 metros de radio. Una pared de ladrillo esconde el ruedo en sus tres metros de alto estrenados ese día. Las localidades subieron de cinco a ocho bolivianos.

Mientras las autoridades se sitúan en una especie de palco oficial junto al presentador del evento, los comunarios que alquilaron a 20 bolivianos el metro del contorno de la plaza de toros —que es sólo una pared de ladrillos— habilitan "graderías" en unas tarimas rústicas o estacionan sus volquetas con la parte trasera hacia el ruedo. La gente se agolpa en unas cuantas sillas en busca de una rebaja y los vendedores calculan a ojo de buen cubero la capacidad de sus hechuras.

Afuera, los toros pastan tranquilos y rumian junto a los turistas que están tendidos sobre el pasto a su lado. La gente pasa cerca y hasta los acaricia. No es la primera vez que estos toros participan en la corrida. Son bestias chaqueteadas, según indica la jerga taurina.

La gente se acomoda como puede sobre las tarimas junto a un terreno baldío, el que con el sol libera los elocuentes olores producidos por el barro y los desechos.

Entra el primer toro, pero por descuido del criador, pues aún no han ingresado los toreros. Luego de dar unas cuantas vueltas y olfatear el lugar, se marcha sin que se realice faena alguna.

Luego del consabido "¡Hora, hora!", recién ingresan los cinco toreros. Los tres primeros lucen trajes de luces y los dos últimos visten de impecable negro. La estilizada figura del torero clásico se ha perdido en los recovecos de sus muy abultados cuerpos, los que llenan por demás los trajes de luces.

Tomando el micrófono, el animador, quien jamás menciona el nombre de los toreros, anuncia la fiesta. Acto seguido, un bravo toro es arrastrado desde los pastizales —donde compartía cuerpo a cuerpo con la gente— a la metálica puerta roja por la que ingresa en el campo. Nervios. Todos los toreros se acercan al toro que, luego de una provocación, empieza a embestir.

Como estos animales no fueron criados para la faena y tampoco reciben el tratamiento previo que se realiza en España, se enfrentan en igualdad de condiciones a los toreros. Ninguno de ellos es matador y realizarán unas pocas suertes en manteo. No hay espada ni banderillas ni caballos.

Desgraciadamente, los rumiantes, que ya participaron anteriormente en estas lides, no tienen interés en atacar. Un toro pequeño y delgado apenas se acerca al engaño preparado por el flamear de la capa mientras el público grita: "Es una vaca, es una vaca". El toro regresa al pasto sin pena ni gloria.

En el interín, dos hombres tratan de colocar un palo encebado de 10 metros de alto con 60 bolivianos colgando en la punta.

Si los toreros fueron valientes con la bestia tranquila, la presencia de otro toro de real bravura los mantiene detrás de los burladeros, maderas de protección rojas con un círculo blanco en medio.

A insistencia del público, uno de los toreros se alista. De pronto, de la nada aparece un borracho para desafiar al toro. Desprotegido y emplazado a dejar la plaza por el locutor, el ebrio saca a flote su bravura y se acerca al toro, quien de una coz en la pierna le hace volar por los aires. Luego, los micrófonos solicitan un vehículo para trasladar al herido a un hospital.

La gente ovaciona al toro, pues varias veces el animal arrebató las capas de los desafiantes, quienes corren detrás de los burladeros.

 Un temblor hace bajar a las personas a saltos de una de las tarimas. El peso venció a las cuerdas y la estructura está inestable. Entonces, la oportuna acción del propietario salva a la gente que regresa a sus asientos como si nada hubiera pasado. Los toros siguen entrando al son del Gato Montés.

Así, los toreros van y vienen hasta el anochecer, y reciben como premio los enjalmes y el aplauso del público, su única recompensa.

Después de gritar con los pulmones de la pura emoción, el pueblo se lanza a trepar el palo encebado para apoderarse de los 60 bolivianos. La tarde de toros a la boliviana ha terminado.